Volver a Wagner

Mi expe­rien­cia podría ser la de muchas otras per­so­nas. De hecho, lo es. La pri­mera fun­ción de ópera a la que asistí fue El ocaso de los dio­ses, de Wag­ner. Fue en el Tea­tro Real de Madrid, hace casi una década. Por aquel enton­ces aún no había des­cuen­tos para jóve­nes, y junto a un par de com­pa­ñe­ras de clase madru­gué para ir a con­se­guir entra­das, un mar­tes de enero a pri­mera hora de la mañana. Recuerdo nues­tra sor­presa cuando alguien nos dijo que la fun­ción, pro­gra­mada para un par de sema­nas des­pués, duraba más de cua­tro horas. Y tam­bién el des­con­cierto cuando, tras esas cua­tro horas de ópera mal vista desde una butaca remota y esqui­nada, salí (y no fui el único) como si emer­giera del otro mundo. Había escu­chado música antes. Había escu­chado gra­ba­cio­nes de Wag­ner. Cono­cía los mitos a los que se refe­ría. Pero aque­llo no tenía nada que ver.

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